No siempre frecuenté el Gato Negro.
En Compostela solía ir a un pub llamado "La Forja", era un garito que molaba bastante, las antiguas paredes de bloques de granito estaban adornadas con monedas de céntimos, las mesas bajas se sostenían sobre antiguos yunques pero el puto futbol en la tele jodía todo efecto estético.
A pesar de la comodidad que procuraban las mesas yo prefería y prefiero, siempre que me sea posible sentarme en la barra.
Pero un día tuve un sueño. Estaba en un bar, se llamaba El Gato Negro, era un bar bastante bonito, tenía algo, no se qué que lo hacía un sitio especial.
Yo estaba sentado en una mesa con Luis y Julián, me levanté a por un café,
Yo estaba sentado en una mesa con Luis y Julián, me levanté a por un café,
Cuando me dirigía a la barra un oscuro gato cruzó entre mis piernas y se me quedó mirando, me agaché a acariciarlo, ronroneó feliz, comenzó a frotarse un costado contra mi pierna.
-Parece que le gustas -Dijo una joven-
La miré, era preciosa, tenía el pelo tan rojo como el color de la sangre, no podía dejar de mirarla, era perfecta.
-Soy Max, encantado...
No me salían las palabras. Ella se acercó a mí, casi nos rozamos, acercó su rostro al mío, podía oirla respirar, podía notar su aliento en mi cara,sus labios estaban a centímetros de los míos, me perdía en sus oscuros ojos...
-Nunca podrás besarme, nunca podrás abrazarme pero yo siempre estaré ahí, nunca podrás alejarte de mí.
Si algún día me encuentras, por favor, prométeme que me harás la persona mas feliz de aquí a la Luna.
Entonces noté una mano sobre mi hombro. Era Jacobo, el camarero de La Forja.
-¡La barra no es un lugar para dormir la mona puto borracho!
-Tío, no me jodas, siempre vengo aquí a tomar algo
-¡Lárgate ahora si no quieres que llame a la policía, joder!
Me fui a regañadientes. No encontraba mis llaves así que me puse a vagar sin rumbo por la ciudad.
De repente vi un cartel de un bar, el local se llamaba "El Gato Negro", sobre el nombre se alzaba orgullosa la figura de un oscuro minino. Era un cartel bonito la verdad. Decidí entrar.
No se parecía al local de mi sueño, pedí igualmente en la barra una Coronita. El camarero parecía majo así que le pregunté por qué le habían puesto ese nombre al garito, me contestó que ya tenía ese nombre cuando se lo compraron a los antiguos propietarios. Le pedí el número y la dirección de estos y me la dio sin problemas, al parecer habían comprado el local hace poco. Me guardé el papel con los datos en el bolsillo de mi cazadora.
Desde aquel día visito El Gato casi todos los días esperando que aquella joven pelirroja se deje caer. A día de hoy sigo sin perder la esperanza.
Y lo del nombre... bueno, eso ya es otra historia.
Nacho Granda
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