Era una habitación vacía y blanca con una televisión en el
medio, no había nada, solo interferencias, no me importaba ese trasto, yo
estaba tumbado en el suelo sin hacer nada. Entonces la puerta de aquella
estancia se abrió.
-Hijo, se acabó.
Era mi padre, se alzaba orgulloso, a su lado estaba mi madre,
parecía enfadada.
-Tienes que irte, no haces otra cosa que chuparnos el dinero,
esto se acabó, eres un lastre para nosotros-Dijo mientras su piel se tornaba cada
vez más roja-
-Papá, dime que no lo decís en serio.
-Hijo, asúmelo, a nadie le importas en este mundo, estarías
mejor muerto. Ahora, fuera de mi casa–Dijo mi padre elevando la voz.
-¡Que os jodan!
-¡Así te mueras!-Gritaron al unísono-
Salí a la calle con lo puesto, hacía sol pero no conocía la
ciudad, era muy pobre, los niños jugaban a la pelota pero algo raro pasaba, no
era ese anaranjado cielo ni los grisáceos edificios de cartón pintados como
ostentosas viviendas. Lo que de verdad me resultaba raro eran esos individuos
trajeados que me observaban desde un coche, era un buen coche, no recuerdo el
modelo pero si sé que era plateado , me miraban con soberbia y desprecio. Yo los ignoré.
De repente me sonó el móvil, un viejo móvil en blanco y negro
que en mis manos tomó la forma de una carta. En ella había un contrato, me ofrecían el
trabajo de compositor para un grupo de Punk-Rock poco conocido y aún menos
talentoso. No me interesaba en exceso ese trabajo pero por lo menos tendría una
manera de ganarme el pan.
Fui a un solar abandonado, la hierba era ocre y en el medio
había una caseta alargada provisionalmente construida con cemento. Me senté y
me apoyé en ella mientras me encendía un cigarro.
-¿Tienes fuego?-Me preguntó el bajista de un grupo en el que
estuve hace tiempo-
Le ofrecí un mechero pero cuando eché la mano al bolsillo para
buscarlo este me arreó una patada en la cara. El pitillo cayó al suelo y yo
quedé postrado ante él.
Este me levantó del suelo agarrándome del cuello de la camisa,
me golpeó en el estómago y me arrebató el contrato que había recibido, su
rostro cambió por el del cantante de otro grupo del que me habían echado recientemente.
-Esto debería de ser para alguien con talento, no para un
desgraciado como tú.
Dicho esto cogió el contrato y lo devoró sonoramente, luego se fue
y comenzaron a llegar mis amigos de entonces y a sentarse contra la caseta.
Me senté con ellos, me ignoraban, les dirigía la palabra pero no
me respondían. Era un fantasma. Comenzaron a irse por parejas y solo quedamos
mi perro y yo.
-¿Tienes fuego?-Me preguntó nuevamente mi canino compañero-
Me eché las manos a los bolsillos.
-Lo siento pero no tengo.
-Ni para eso vales, ¡Escoria!-Gruñó el cánido mientras
abandonaba el solar-
Solo quedaba yo, allí solo. Caía la noche y había comenzado a
nevar, entonces fui a la casa de mis padres de nuevo.
La puerta estaba cerrada así que la abrí de una patada, esta
cedió. Fui hasta la habitación donde comenzó la pesadilla, nada más entrar, la
puerta desapareció y a mi alrededor aparecieron los hombres trajeados de antes
junto a mis padres. La habitación se iba tornando de color morado oscuro y una
ventana al exterior se había comenzado a materializar tras de mí.
-Te dijimos que no volvieses, lárgate y muere como un sucio perro, no
te mereces otra cosa, sucio chupavidas-Dijo mi padre con tono de desprecio-
Aquellos extraños hombres trajeados me apuntaban con armas, uno
se adelantó, llevaba gorro y gafas de sol, portaba un revolver, estaba a 2
metros de mi cara.
-Vete
-Vale.
No apretó el revolver ni me pusieron las manos encima pero yo estallé en llamas y fui arrojado
por aquella ventana por una extraña fuerza.
Aterricé en la calle y seguía ardiendo, avancé como pude hasta
una carretera, quería que un coche me pasase por encima y terminase con mi
sufrimiento. Esperaba a un coche que no llegaba.
El fuego comenzaba a apagarse y con él mi conciencia.
Abrí los ojos, estaba en mi cama, era por la mañana y me dolía
mucho la cabeza.
Nacho Granda