Olía muy mal, lo recuerdo perfectamente... ese olor no desaparecerá de mi memoria en la vida.
Allí reposaba, inerte, aliviada. Su cadáver al fin había logrado la paz, no una paz cristiana, eso es un consuelo de tontos. Esta paz era mas profunda de lo que jamás podrías experimentar.
Había sido feliz en vida pero ahora solo anhelaba la llegada de su hora. Los narcóticos de nada servían, la morfina no le calmaba, ella esperaba pero ese adiós nunca llegaba.
Recuerdo su amarillento cuerpo tumbado en la cama, ya no podía con el peso de su vida, clamaba por la acometida que terminase con su vida, con su llanto, con sus nocturnos alaridos pero esa funesta estocada no llegaba.
Ella dormía, no volví a hablar con ella, no pude, sabía que era su última hora. Los minutos de aquella madrugada podían medirse en horas.
-Está dando sus últimas bocanadas -Dijo mi madre-
-No me gusta verla sufrir...
En ese momento tuve nauseas, aparté la vista del bilioso cuerpo ya inerte.
Ella ya no estaba allí, pero notaba el miasma. Notaba el miasma flotar en el aire.
Nacho Granda
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